Vivía la Abeja Reina en una colmena dorada. Tenía todo el néctar que podía desear y sus celdas eran las más grandes y cómodas. Muchas abejas la rodeaban, limpiando y alimentándola sin descanso. La Reina nunca salía de su cámara real. Su única tarea era poner huevos para que la colmena siguiera creciendo.
Un día, una Abeja Obrera regresaba a la colmena, cansada pero con las cestitas llenas de polen de muchas flores distintas. Al pasar cerca de la cámara real, vio a la Reina, grande y rodeada de atención.
La Reina miró a la Obrera con cierto desdén.
"¡Mira qué aspecto tienes!" le dijo la Reina a la Obrera. "Sucia y agotada de tanto trabajar. Yo, en cambio, vivo rodeada de comodidades sin tener que mover una sola ala."
"Es cierto, Majestad," respondió la Obrera. "Mi trabajo es duro y a veces peligroso. Pero hoy he volado sobre campos llenos de amapolas rojas, he libado el dulce néctar de las margaritas blancas y he sentido el suave aroma de la lavanda morada. He elegido qué flores visitar y cuánto tiempo quedarme en cada una."
"¿Elegir?" dijo enojada la Reina. "Tú trabajas porque debes. Yo soy la Reina. Mi destino es este y tengo todo lo que una abeja podría desear."
"Usted tiene abundancia, Majestad," contestó calmadamente la Obrera, "pero no tiene elección. Su vida está marcada desde el nacimiento hasta el final. Siempre en esta cámara, siempre poniendo huevos. Yo, aunque humilde obrera, decido qué camino tomar cada mañana al salir de la colmena. Elijo las flores, elijo la ruta, elijo cuándo descansar junto a un arroyo. Mi libertad, aunque pequeña, es mía. Su néctar de oro, Majestad, parece el alimento de una prisión brillante. La verdadera libertad no siempre reside en el poder o la riqueza, sino en la capacidad de elegir el propio camino y las propias experiencias."
La Reina se quedó en silencio, observando a la Obrera que se marchaba a descargar su polen. Por primera vez, sintió que su gran poder no le daba algo que aquella sencilla obrera poseía: la libertad de elegir su propio día.
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