
Un año más y un Expocómic más. Me pertreché con una novela (Children of Dune, la tercera de la saga, que la tenía abandonada. Leer de nuevo sobre esos personajes es como reencontrarse con unos viejos conocidos) y al metro que me fui. La entrada al recinto ferial desde el año pasado es estupenda. Recuerdo cuando había que sortear las obras y subir por un puente que estaba a cientos de metros de la entrada principal. Seguro que hacíamos un kilómetro a lo tonto.
La repetición de la sede es un acierto. Tener todo en el mismo sitio genera hábito y el hábito es lo que necesita el aficionado y no tan aficionado para acostumbrarse a hacer una vez al año la romería hasta Expocómic.
Allí que llegué ayer por la tarde y compré mi entrada (cinco euros). Con ella me dieron un Dibus!, el 99, que tenía un reloj de la última película de Indiana Jones. Me hizo ilusión, pero es un poco regalo envenenado; ¿dónde diantres lo ponemos? Otro trasto a guardar hasta que crezca el peque y lo quiera poner en la habitación.

Una vez dentro, como ya me conozco la cosa (es que no me he perdido ni uno y van once) me doy el típico paseo sin comprar, para ver cómo está la cosa. Y la cosa no se si va, pero si va, va poco. Veo que, como siempre, no están todas las grandes tiendas de Madrid. Es algo que se me ha explicado varias veces, pero nunca termino por entenderlo. Quizá es que soy un poco idealista y espero que en esto estemos todos a una, que es una afición fuerte y no una colección de fikis y de tiendas interesadas. En fin. No pinto nada en este debate, así que lo dejo ahí. Sólo sé que los que no están no se les nota por los muchos que sí están. Allá ellos.
Recorro los pasillos sin mucha emoción. Es viernes y estoy cansado de la semana y del poco dormir (el nene, ya sabéis). Aún así es mi día. Es algo que estaba deseando hacer desde que el año pasado vine. Y es que sólo se vive en Madrid algo así una vez por ejercicio (el del manga me dice menos y suele tener sólo productos orientales que me atraen menos, salvo cosas como Lobo Solitario o Dragon Ball).
Están dando una conferencia que no llego a enterarme de lo que es, porque cuando me pongo a escucharles están despidiéndose. Cosas del directo.
Como las exposiciones me parecían interesantes, decido verlas tranquilamente sin necesidad de ir comprar nada antes. Me encantó la de Miriam Katín. No conocía su obra, pero ahora tengo claro que he de hacerme con un ejemplar del libro. Una delicia. La exposición del Santo me saca una sonrisa. Tiene pinta de que me pueden gustar las películas (la serie B es una de mis muchas debilidades). Luego un montón de carteles de Spirit y unos pocos originales. Los carteles podrían colgar de cualquier salón, pero los originales me hacen detener el paso y mirarlos con detenimiento. Eisner tenía un trabajo a lápiz de impresión. Su precisión es pasmosa. Parece una página publicada.
Después la exposición de Chaykin. Como siempre, emociones enfrentadas. Veo cosas que me gustan una barbaridad y otras que no entiendo y que considero poco inspiradas. Por último la exposición de Kenny Ruíz. Un trabajo muy bueno, muy moderno, pero que desconozco. Habrá que prestarle más atención.
Ya con el deber cumplido y con las cosas claras de lo que quiero mirar en los stands me dirijo a las tiendas donde puedo comprar cómic de segunda mano y viejo. Adquiero un tomo antiguo de la Fotonovela que sacaron de Tintín y el Toisón de Oro. Una rareza que posiblemente su valor no lo encontréis o compartáis conmigo, pero que me hace mucha ilusión. Se me ponen los dientes largos con un cómic de Alfons Figeras, pero que resulta muy caro y que no dispongo de dinero para adquirir. En otro momento será.
También encuentro números del Pulgarcito de Jan, pero no recuerdo los números que me faltan (dos, creo), así que me quedo con la dirección de la tienda para visitarles en otra ocasión. Los Mazinger Z de Sanchís no existen y los especiales de Pumby están por las nubes. Sólo me animo con unos viejos cómics de Marvel (¿os acordáis de la “Fuga de Logan”?). Poco botín y muchos dientes largos. Como siempre.

No sé si es el cansancio de la semana o un estado de ánimo bajillo, pero no siento la expo como otros años. Tengo una extraña sensación. Por un lado, echo de menos más disfraces. Otros años ya se nos notaba desde la parada de metro. Este año apenas unos diez muchachos iban con disfraces (el Rorschach es lo mejor, que me disculpen los chicos y chicas del Cosplay).
Por otro lado, será que me hago mayor, pero creo que la fiesta la lleva cada uno por su lado. Hace una década, lo que había eran “tribus”. Los del americano, los del manga, los del número atrasado de Bruguera. Pero todos íbamos sin recelos. Ahora es cómo si los más mayores tuviésemos poco que mirar en las novedades y los chavales desconociesen todo lo publicado antes de 1990. No sé porqué, pero no leemos lo mismo. A mí me gustaba lo que se publicó en los cuarenta y cincuenta. Puede que porque en los setenta aún se publicaban reediciones de ese material y no eran tan trasnochados. Los muchachos de ahora tienen a Dragon Ball en el mismo sitio que nosotros a Mazinger Z y al Manga en el de nuestra añorada Bruguera. Y no les interesa mirar más allá. Yo reconozco que no dejo de mirar nunca la sección de Manga de las tiendas de Cómic. Siempre hay algo (Pelea de Gallos fue mi última adquisición y cuando pueda compraré Tekkon Kinkreet, que me gustó mucho la película).
Pero lo más grave es el asunto de los niños. Debería preocuparnos y mucho. En el instituto no hay ni un solo aficionado a los cómics. Ni uno. En otros institutos había alguno, pero poquísimos. Este año, nada. Y lo pude comprobar con la salita habilitada para los niños. Allí estaban las chicas que se iban a encargar de monitorizar las actividades más solas que la una. Pocos niños, todos con sus padres y comprando más muñecajos que cómics (algún Mortadelo, que no está todo perdido) y una nenita de meses en la mochilita para bebés. Como esto siga así, desaparece la afición real, la del lector y se quedará la del coleccionista. Ni siquiera el friki va a ser aficionado a los cómics.
Bueno mucho digo y poca solución doy. No se me ocurre mucho. Si no interesa ni gusta, va a ser difícil cambiar la tendencia. Los cómics eran fácilmente asequibles cuando era niño. Ahora no están en los kioscos, sólo en tiendas especializadas. Y los cómics no los regalan que digamos. Haber convertido una afición para todas las edades en una carrera de obstáculos para el neófito puede costarnos caro.
Termino ya, que empiezo a desvariar con más ganas de volver, pero otro año, que este ya no va a poder ser. Los que no hayáis ido aún, no me hagáis mucho caso con mi desánimo. Forma parte de la suma de jornadas de trabajo y del poco dormir. Expocómic es algo que todo buen aficionado no puede perderse. No hay mucha excusa, son cuatro días, por lo que en algún momento se puede ir.