En la pequeña aldea, la vida transcurría al ritmo pausado del sol. Pero al ganadero, un vecino de espíritu inquieto, la luz natural le parecía un lujo insuficiente para sus aspiraciones. En un viaje a la capital, quedó prendado de una escena singular: frente a la gran catedral, unos operarios desmontaban un reloj colosal, una maquinaria de bronce y engranajes dorados que parecía contener el tiempo mismo.
—Es un capricho de la nueva alcaldía —le explicó el capataz, limpiándose el sudor—. Quieren algo más ligero, algo "moderno". Esta joya funciona perfectamente, pero para ellos ya es un estorbo antiguo.
El ganadero no vio un objeto viejo, sino la oportunidad de comprar la importancia que su aldea no tenía. Por unas pocas monedas, adquirió el gigante de metal. "Mi aldea dejará de ser una sombra en el mapa", se decía mientras una carreta, cuyos ejes gritaban bajo un peso insoportable, lo transportaba de vuelta por caminos que nunca habían soportado tal carga.
Al llegar, los aldeanos se arremolinaron en torno al cargamento. El brillo del bronce, aunque cubierto de polvo, cegó el juicio de la mayoría. Imaginaban ya a los habitantes de las comarcas vecinas viajando solo para ver la hora en su campanario. Sin embargo, el vecino que regentaba la carpintería de la aldea y que conocía bien la resistencia de la madera y la fatiga de la piedra, se acercó al ganadero con el ceño fruncido.
—Esa máquina nació para los muros de una catedral, querido vecino —advirtió el carpintero, señalando los cimientos de la pequeña iglesia—. Nuestra torre es de piedra antigua y cansada. Ese reloj pesa más que nuestra prudencia; si lo subes, estarás pidiendo a un niño que cargue con el fardo de un buey.
El ganadero lo miró con una mezcla de lástima y soberbia.
—Lo que te ocurre, vecino, es que tus ojos solo ven el suelo mientras los nuestros miran al cielo. No es peso lo que traemos, es prestigio. ¿Prefieres que sigamos siendo nadie antes que arriesgarte a ser alguien?
Los aldeanos, seducidos por la promesa de la envidia ajena, respaldaron al ganadero. Durante días, agotaron sus graneros, sus ahorros y sus fuerzas en una labor titánica para izar el ingenio mecánico a lo más alto. El carpintero, viendo que sus argumentos basados en el sentido común eran tratados como cobardía, se retiró en silencio, prefiriendo la soledad de su taller al frenesí de una gloria que presentía de barro.
Tras un esfuerzo sobrehumano, el reloj quedó anclado. El orgulloso ganadero, con el pecho henchido, dio cuerda a la maquinaria y el primer “¡Clang!” resonó con una fuerza que hizo vibrar los cristales de las casas. Durante un minuto, la pequeña aldea se sintió el centro del mundo.
Entonces, el silencio fue roto por un crujido seco, profundo, que pareció nacer de las entrañas de la tierra. Una grieta, como una cicatriz repentina, subió por la torre. El peso de la vanidad, nacido para cimientos profundos, fue demasiado para la humilde caliza. En un estruendo de polvo y escombros, el campanario colapsó, arrastrando consigo el tejado de la iglesia y a la iglesia misma, reduciendo siglos de historia a un montón de escombros.
Nadie resultó herido, pero el silencio que siguió fue más asfixiante que el propio estruendo. La iglesia era ahora una ruina. El carpintero salió de su casa, no para señalar con el dedo ni para recordar sus advertencias, sino con su caja de herramientas al hombro. Sin decir palabra, comenzó a apartar las piedras para salvar lo que quedaba del edificio.
El ganadero vanidoso lo observó desde la distancia, con el corazón tan roto como el reloj que ahora yacía aplastado bajo las vigas. Buscó en los ojos de sus vecinos el reproche, el insulto que lo liberara de su culpa, pero solo encontró un espejo de su propia derrota: todos evitaban mirarse porque todos habían compartido el mismo sueño de grandeza hueca. Comprendieron entonces, mientras se unían al prudente carpintero en la reconstrucción, que habían intentado adornar su sencillez con los restos de una soberbia ajena, olvidando que la verdadera dignidad de un pueblo no cuelga de una torre, sino que se asienta en la firmeza de saber quién se es, sin necesidad de relojes que anuncien su paso al mundo.









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