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February 06, 2026

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El pez ballesta y las langostas



La oscuridad en la red del pescador era absoluta. Allí, entre los nudos de cuerda, tres langostas se agitaban con desesperación. En un rincón, un pez ballesta de escamas pálidas yacía de costado, boqueando con debilidad.

—No gastéis vuestras fuerzas —susurró el pez ballesta con voz quebrada—. He visto a muchos como nosotros terminar en el mismo plato de los humanos.

—¿Tú también has caído? —preguntó la langosta mayor, deteniendo su forcejeo—. Pensé que los de tu especie erais demasiado rápidos para estas trampas.

—Nadie es lo suficientemente rápido para el destino —respondió el pez con una tristeza fingida—. Me atraparon mientras buscaba refugio de los tiburones. Soy solo un paria, igual de indefenso que vosotras ante el gigante de metal que nos arrastra.

Cuando la red fue izada y un descuido del pescador permitió que un golpe de mar la rasgara contra el borde del bote, el pez ballesta gritó:

—¡Ahora! ¡Saltad por la brecha!

Las langostas, agradecidas por el aviso, se lanzaron al mar. Pero una vez en el agua, se sintieron desorientadas. El fondo era un desierto de arena.

—Venid conmigo —dijo el pez, nadando con dificultad—. Conozco un atajo hacia los arrecifes profundos, pero mis aletas están heridas por la red... No sé si podré llegar solo a un lugar seguro. El miedo me paraliza el corazón.

Las langostas, conmovidas por aquel que les había devuelto la libertad, se miraron entre sí.

—No te dejaremos atrás —aseguró la joven langosta—. Te guiaremos hasta nuestra Ciudad de Coral. Allí, las grietas son tan estrechas que ningún gran cazador puede entrar. Estarás a salvo.

El pez ballesta sonrió para sus adentros. Sabía que las langostas ocultaban su ciudad tras un laberinto de corrientes y espinas de piedra que los depredadores temían. Él solo necesitaba descubrir cómo acceder.

Al llegar a la Ciudad de Coral, el pez fue recibido como un héroe por las otras langostas. A menudo, el corazón noble confunde la vulnerabilidad compartida con la lealtad probada, olvidando que el predador solo necesita que la presa le abra la puerta para que el rebaño deje de estar seguro.

Pasaron los días. El pez ballesta observaba cada salida, cada entrada y, sobre todo, el punto exacto donde la corriente se calmaba y permitía el paso a los grandes nadadores. Una noche, el pez ballesta se deslizó hacia la entrada y emitió una serie de chasquidos rítmicos contra el coral.

De las sombras surgieron tres enormes meros, con las fauces abiertas y los ojos hambrientos.

—¿Es aquí? —preguntó el mero más grande.

—Es aquí —respondió el pez ballesta, recuperando su porte ágil y arrogante—. He marcado el camino con escamas brillantes. Solo tenéis que seguir el rastro que dejé en la entrada principal mientras ellas dormían.

—¿Y tú qué ganas? —insistió el depredador.

—Las sobras y el derecho a nadar en vuestras aguas sin ser devorado. La gratitud de los necios es el mejor banquete para el que sabe esperar.

Esa noche, el silencio de la Ciudad de Coral fue roto por el crujir de los caparazones. Las langostas descubrieron, demasiado tarde, que haber salvado a un extraño de la red no lo convertía en hermano, pues hay quienes solo buscan la libertad para entregar a otros al cautiverio.

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