Bajo la sombra de los helechos plateados de Aotearoa, la Kiwi suspiraba mientras acariciaba a sus pequeños. A pesar del amor que desbordaba por su familia, sentía que las plumas le pesaban como una armadura impuesta. "No entiendo por qué me obligáis a mirar al cielo", le dijo un día a un Tui que se burlaba de sus alas minúsculas, "mi corazón late al ritmo de la tierra, y mis pies conocen senderos que vuestros vuelos jamás comprenderán; me siento más hermana del hombre que camina que del pájaro que vuela". El Tui, soltando una carcajada estridente, le respondió: "Eres un error, Kiwi; un ave que no vuela es solo un mamífero defectuoso". Estas palabras calaron hondo en la pequeña, pero un sabio Maorí, que solía sentarse cerca de su madriguera para escuchar los susurros del bosque, puso su mano en el suelo y le susurró:
—No llores, pequeña hermana de la tierra. Tú y yo compartimos el mismo caminar. Los que solo miran las alas no ven el alma, pero yo traeré a alguien que te enseñará que el mundo es mucho más ancho que sus prejuicios—.
El Maorí contactó con su hermano espiritual de las tierras rojas de Australia, y tras semanas de espera, la sabia Ornitorrinco desembarcó en la orilla del río. El Maorí convocó entonces a todas las aves y obligó a los burlones a observar. Las aves quedaron estupefactas: veían a un ser con un pico magnífico que haría palidecer de envidia a cualquier pata, pero que se movía en el agua con una gracia ancestral.
—¡Mirad bien!— exclamó el Maorí con voz de trueno —. Aquí tenéis a quien habita todos los mundos a la vez—. La Ornitorrinco, secando su pelaje de terciopelo tras poner amorosamente un huevo ante la mirada incrédula de los presentes, se acercó a la Kiwi y le habló con una dulzura profunda:
—A mí también me señalaron, pequeña. Los mamíferos decían que mi pico era una burla y que debía irme con las aves, mientras las aves me echaban de sus nidos por tener pelo. Pero aprendí que no soy un rompecabezas de partes rotas, sino una obra completa—.
La Ornitorrinco se irguió frente a la asamblea y sentenció:
—Escuchadme bien, seres del aire: puedo sentirme tan querido y orgulloso como ave que como mamífero, porque mi identidad me pertenece solo a mí. El problema de no aceptar a los ornitorrincos o a los kiwis por ser exactamente lo que son no es nuestro, es vuestro, por tener la mirada nublada. Un ornitorrinco y un kiwi son animales dignos y soberanos que pueden sentirse lo que les dé la gana día tras día, sin tener que pedir permiso a nadie ni rendir cuentas sobre su propia naturaleza. La biología puede decir una cosa, pero la verdad reside en el corazón que habita ese cuerpo; quien intenta encarcelar la identidad ajena en una definición estrecha solo demuestra su propia ignorancia, incluso muestra maldad insinuando que esos seres no son merecedores de amor, pues la dignidad no se pide, se ejerce con la libertad de ser uno mismo.









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