Caminaba un pato de plumaje cano por el peso del tiempo y paso firme por la experiencia, camino de la linde de un bosque, muy lejos ya de aquella juventud en la que, con vana presunción, se jactaba de ser rey de tierra, mar y aire por el simple hecho de caminar, volar y nadar. Los años y el encuentro con una sabia serpiente le habían enseñado que la especialidad ajena siempre supera a la arrogancia propia, y que saber de todo un poco no le hacía maestro de nada.
De pronto, un griterío interrumpió su tranquilo paseo. Al borde de un remanso, tres animales disputaban con ferocidad sobre sus talentos naturales. El gamo, con el pecho hinchado y las patas tensas, presumía de que no existía rastro ni espesura que pudiese detenerlo, pues su carrera era un rayo capaz de esquivar cualquier obstáculo o depredador entre las ramas. El halcón, observando desde una rama alta con ojos penetrantes, replicaba con desdén que tal destreza no era nada comparada con su vuelo, una auténtica obra de arte que le permitía dibujar círculos en las nubes y capturar a sus presas con una precisión inalcanzable para cualquier otra ave. En ese momento, un barbo asomó la cabeza sobre las aguas bravas del estanque para sentenciar que nadie como él poseía la fuerza necesaria para nadar contracorriente, logrando alimento y refugio incluso en los torrentes más difíciles y revueltos donde otros solo hallarían la muerte.
El pato se acercó despacio a los tres contendientes, quienes lo miraron con aire de superioridad, esperando que aquel animal, aparentemente mediocre en todo, les diera la razón. Con voz pausada y la calma que otorga la experiencia, el pato les confesó que él conocía bien todas aquellas artes, pues en su cuerpo habitaba la capacidad de volar, caminar y nadar, aunque reconoció con humildad que no lo hacía ni de lejos tan bien como cualquiera de ellos. Sin embargo, antes de seguir su camino, les invitó a reflexionar sobre la verdadera naturaleza de sus dones.
Les dijo que sus vuelos, sus carreras y sus nados le recordaban a los objetos que los humanos guardan con celo. Vuestras artes, les insinuó, son como el abanico en verano o la bufanda en invierno; el abanico es indispensable mientras dura el calor, pero acaba en el olvido de un cajón en cuanto sopla el primer viento del norte, del mismo modo que la bufanda se destierra al fondo del armario cuando regresan los días de sol. Son virtudes que solo brillan cuando el tiempo les es favorable. En cambio, él, aun sintiéndose torpe en comparación con los otros tres animales, prefería ser como el paraguas, ese objeto sencillo que igual nos cubre de la lluvia pertinaz que nos protege del sol más abrasador en pleno estío.
Al terminar su discurso, el pato se alejó con paso tranquilo, dejando al gamo, al halcón y al barbo sumidos en un profundo silencio, perplejos ante la idea de que la versatilidad útil pudiera valer más que la excelencia puntual. Metros más adelante, el pato se cruzó con la serpiente, que lo observaba desde la maleza. Al verse, el ave le dedicó una sonrisa llena de gratitud y la serpiente le devolvió el gesto con un brillo de aprobación en los ojos, sabedora de que aquel antiguo vanidoso había transformado por fin su antigua soberbia en una lección de vida.









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