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February 07, 2026

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El coral y el pez


Un joven pez cirujano que vivía el el corazón del arrecife, se deslizaba con la arrogancia de quien se siente dueño del océano. Para él, la vida era una carrera frenética de velocidad y giros cerrados. Un día, se detuvo ante un pequeño pólipo de coral que apenas asomaba su estructura entre las grietas de la gran barrera.

—Me das mucha lástima, pequeño —dijo el pez, mientras agitaba sus aletas para mantenerse estático frente a él—. Yo puedo recorrer el arrecife de punta a punta, sentir la fuerza de las corrientes y descubrir nuevos mundos cada mañana. Tú, en cambio, estás condenado a permanecer pegado a esta piedra. Eres como un ladrillo inerte: sin voz, sin movimiento y sin futuro.

El joven coral, lejos de sentirse herido, extendió sus tentáculos con una calma ancestral y respondió con una voz que parecía emerger de las profundidades del tiempo:

—Te equivocas, viajero del azul. No soy un ladrillo, ni estoy solo en mi quietud.

—¿Ah, no? —preguntó el pez con una mueca de incredulidad—. Yo solo veo rocas bajo mis escamas.

—Lo que tú llamas roca es la memoria viva de mi pueblo —explicó el coral con serenidad—. Este arrecife que hoy te protege de las tormentas y te oculta de los depredadores no es un accidente del azar. Es la acumulación de incontables generaciones de corales que vivieron, cumplieron su ciclo y, al morir, entregaron sus cuerpos como cimiento. Yo estoy aquí porque ellos se esforzaron antes; yo crezco sobre sus hombros para que los que vengan después estén más cerca de la luz.

El pez dejó de moverse, impactado por la solemnidad de aquellas palabras. El coral continuó:

—Debes entender que la barrera de coral es como las naciones y que las naciones no son banderas que ondean al viento, ni fronteras trazadas en el agua. Una verdadera comunidad es el legado que las generaciones pasadas han construido para las nuevas. Sin mi supuesta inmovilidad ni la de los míos, tú ni ningún otro pez del arrecife tendríais un hogar donde descansar. Al final, la verdadera grandeza no está en la libertad de nadar solo, sino en la solidez del suelo que construimos entre todos para que la vida continúe mucho después de que nos hayamos ido.

El pez bajó la mirada, comprendiendo al fin que su libertad era un regalo de aquellos que habían decidido echar raíces, y que cada pequeña vida era un eslabón imprescindible en una cadena eterna de amor y sacrificio.
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February 06, 2026

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El pez ballesta y las langostas



La oscuridad en la red del pescador era absoluta. Allí, entre los nudos de cuerda, tres langostas se agitaban con desesperación. En un rincón, un pez ballesta de escamas pálidas yacía de costado, boqueando con debilidad.

—No gastéis vuestras fuerzas —susurró el pez ballesta con voz quebrada—. He visto a muchos como nosotros terminar en el mismo plato de los humanos.

—¿Tú también has caído? —preguntó la langosta mayor, deteniendo su forcejeo—. Pensé que los de tu especie erais demasiado rápidos para estas trampas.

—Nadie es lo suficientemente rápido para el destino —respondió el pez con una tristeza fingida—. Me atraparon mientras buscaba refugio de los tiburones. Soy solo un paria, igual de indefenso que vosotras ante el gigante de metal que nos arrastra.

Cuando la red fue izada y un descuido del pescador permitió que un golpe de mar la rasgara contra el borde del bote, el pez ballesta gritó:

—¡Ahora! ¡Saltad por la brecha!

Las langostas, agradecidas por el aviso, se lanzaron al mar. Pero una vez en el agua, se sintieron desorientadas. El fondo era un desierto de arena.

—Venid conmigo —dijo el pez, nadando con dificultad—. Conozco un atajo hacia los arrecifes profundos, pero mis aletas están heridas por la red... No sé si podré llegar solo a un lugar seguro. El miedo me paraliza el corazón.

Las langostas, conmovidas por aquel que les había devuelto la libertad, se miraron entre sí.

—No te dejaremos atrás —aseguró la joven langosta—. Te guiaremos hasta nuestra Ciudad de Coral. Allí, las grietas son tan estrechas que ningún gran cazador puede entrar. Estarás a salvo.

El pez ballesta sonrió para sus adentros. Sabía que las langostas ocultaban su ciudad tras un laberinto de corrientes y espinas de piedra que los depredadores temían. Él solo necesitaba descubrir cómo acceder.

Al llegar a la Ciudad de Coral, el pez fue recibido como un héroe por las otras langostas. A menudo, el corazón noble confunde la vulnerabilidad compartida con la lealtad probada, olvidando que el predador solo necesita que la presa le abra la puerta para que el rebaño deje de estar seguro.

Pasaron los días. El pez ballesta observaba cada salida, cada entrada y, sobre todo, el punto exacto donde la corriente se calmaba y permitía el paso a los grandes nadadores. Una noche, el pez ballesta se deslizó hacia la entrada y emitió una serie de chasquidos rítmicos contra el coral.

De las sombras surgieron tres enormes meros, con las fauces abiertas y los ojos hambrientos.

—¿Es aquí? —preguntó el mero más grande.

—Es aquí —respondió el pez ballesta, recuperando su porte ágil y arrogante—. He marcado el camino con escamas brillantes. Solo tenéis que seguir el rastro que dejé en la entrada principal mientras ellas dormían.

—¿Y tú qué ganas? —insistió el depredador.

—Las sobras y el derecho a nadar en vuestras aguas sin ser devorado. La gratitud de los necios es el mejor banquete para el que sabe esperar.

Esa noche, el silencio de la Ciudad de Coral fue roto por el crujir de los caparazones. Las langostas descubrieron, demasiado tarde, que haber salvado a un extraño de la red no lo convertía en hermano, pues hay quienes solo buscan la libertad para entregar a otros al cautiverio.
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January 28, 2026

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Fábula del ave Kiwi y la ornitorrinco

Bajo la sombra de los helechos plateados de Aotearoa, la Kiwi suspiraba mientras acariciaba a sus pequeños. A pesar del amor que desbordaba por su familia, sentía que las plumas le pesaban como una armadura impuesta. "No entiendo por qué me obligáis a mirar al cielo", le dijo un día a un Tui que se burlaba de sus alas minúsculas, "mi corazón late al ritmo de la tierra, y mis pies conocen senderos que vuestros vuelos jamás comprenderán; me siento más hermana del hombre que camina que del pájaro que vuela". El Tui, soltando una carcajada estridente, le respondió: "Eres un error, Kiwi; un ave que no vuela es solo un mamífero defectuoso". Estas palabras calaron hondo en la pequeña, pero un sabio Maorí, que solía sentarse cerca de su madriguera para escuchar los susurros del bosque, puso su mano en el suelo y le susurró: 

—No llores, pequeña hermana de la tierra. Tú y yo compartimos el mismo caminar. Los que solo miran las alas no ven el alma, pero yo traeré a alguien que te enseñará que el mundo es mucho más ancho que sus prejuicios—.

El Maorí contactó con su hermano espiritual de las tierras rojas de Australia, y tras semanas de espera, la sabia Ornitorrinco desembarcó en la orilla del río. El Maorí convocó entonces a todas las aves y obligó a los burlones a observar. Las aves quedaron estupefactas: veían a un ser con un pico magnífico que haría palidecer de envidia a cualquier pata, pero que se movía en el agua con una gracia ancestral.

—¡Mirad bien!— exclamó el Maorí con voz de trueno —. Aquí tenéis a quien habita todos los mundos a la vez—. La Ornitorrinco, secando su pelaje de terciopelo tras poner amorosamente un huevo ante la mirada incrédula de los presentes, se acercó a la Kiwi y le habló con una dulzura profunda: 

—A mí también me señalaron, pequeña. Los mamíferos decían que mi pico era una burla y que debía irme con las aves, mientras las aves me echaban de sus nidos por tener pelo. Pero aprendí que no soy un rompecabezas de partes rotas, sino una obra completa—.

La Ornitorrinco se irguió frente a la asamblea y sentenció: 

—Escuchadme bien, seres del aire: puedo sentirme tan querido y orgulloso como ave que como mamífero, porque mi identidad me pertenece solo a mí. El problema de no aceptar a los ornitorrincos o a los kiwis por ser exactamente lo que son no es nuestro, es vuestro, por tener la mirada nublada. Un ornitorrinco y un kiwi son animales dignos y soberanos que pueden sentirse lo que les dé la gana día tras día, sin tener que pedir permiso a nadie ni rendir cuentas sobre su propia naturaleza. La biología puede decir una cosa, pero la verdad reside en el corazón que habita ese cuerpo; quien intenta encarcelar la identidad ajena en una definición estrecha solo demuestra su propia ignorancia, incluso muestra maldad insinuando que esos seres no son merecedores de amor, pues la dignidad no se pide, se ejerce con la libertad de ser uno mismo.

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