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March 29, 2026

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La pequeña leona que quería ser princesa

En una sabana de color oro, vivía una joven leona que pasaba las horas practicando cómo caminar con elegancia. Suspiraba al ver a la leona reina y soñaba: «¡Ay, si yo tuviera esa corona! Todos los animales me saludarían con respeto». Pero el trono no era para ella, sino para otra joven leona princesa que lo heredaría por ley.

Un día, la joven que soñaba con el trono se acercó a la heredera y le dijo:

—¡Qué suerte tienes! El sol brilla solo para ti. Serás la dueña de todo este reino. ¡Me gustaría ser como tú!

La joven leona princesa la miró con ojos tristes y suspiró:

—No sabes lo que pides, pequeña. No desees una jaula aunque sea de oro. Ser rey puede ser bueno o malo, pero ser reina es vivir en una cárcel sin rejas. Serás dueña del reino, sí, pero nunca de tu propia vida.

De pronto, el viento se detuvo y los pájaros callaron. Dos leones extraños, grandes como montañas, aparecieron para desafiar al viejo rey. Tras una fiera batalla, el antiguo monarca tuvo que huir. Entonces, los dos pretendientes lucharon entre ellos. La joven leona que quería ser princesa miraba con esperanza al que le parecía más noble y hermoso, pero la ley de la selva es ruda: el león más bruto y salvaje venció, y el otro escapó herido.

La pequeña leona se tapó los ojos al ver lo que ocurrió después. El nuevo rey, con un rugido que helaba la sangre, se deshizo de los cachorros del antiguo rey. Las demás leonas bajaron la cabeza, llorando en silencio.

—¿Por qué no hacéis nada? —preguntó la joven leona, temblando.

—Porque así es nuestra vida —respondió la leona reina con voz rota—. Quien gana la batalla se queda con el reino, y nosotras debemos obedecer sus deseos, aunque sea el más cruel de los leones.

En ese momento, el humo de un incendio empezó a oscurecer el cielo. Las llamas lamían la hierba seca y los animalitos huían asustados. La joven leona sintió que algo ardía también dentro de su corazón, pero no era miedo, sino una idea brillante.

—¡No quiero ser una reina que agacha la cabeza! —exclamó con fuerza—. Prefiero usar mis patas para salvar la tierra que para pisar alfombras.

Desde ese día, se olvidó de las coronas y decidió ser la primera leona bombera. Aprendió a apagar los fuegos de la sabana y a proteger el hogar de todos los animales que convivían en el mismo entorno que los leones. Y mientras corría hacia las llamas con valentía, comprendió que siempre es mejor ser una bombera libre y útil, que una princesa triste y cautiva. Porque al final del día, la verdadera magia no es que te sirvan, sino saber que tus manos pueden salvar el mundo.

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March 27, 2026

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Fábula de la vieja y la nueva silla

Aquel mediodía, la puerta de la cocina se abrió de par en par para recibir a la recién llegada. Era una silla de madera clara, con el barniz todavía fresco y un asiento de mimbre perfectamente trenzado que brillaba bajo la luz del sol. Los dueños de la casa la colocaron en el centro de la estancia con orgullo, admirando su porte impecable.

En un rincón, cerca de la estufa, descansaba la silla vieja. Sus patas estaban desgastadas, el respaldo lucía las huellas de mil manos y el barniz se había perdido hacía décadas, dejando la madera desnuda y oscura. Sin embargo, nadie se atrevía a moverla de allí. Era el trono del abuelo.

—Abuelo, por favor, siéntese en la nueva —le dijo su hijo—. Es mucho más cómoda y robusta. Esta ya no puede más.

El anciano, con una sonrisa tranquila, acarició el brazo de su vieja compañera.

—No os preocupéis. Dejad la nueva para mi nieta, que a ella le vendrá bien y lucirá mucho más sentada en ese brillo. La mía todavía está bien.

Cuando la familia salió de la cocina y el silencio se adueñó de la casa, la silla nueva miró de reojo a su vecina del rincón. No pudo evitar soltar un crujido que sonó a suspiro de lástima.

—Me apena verte así —dijo la silla nueva—. No entiendo cómo te permiten seguir en servicio. Estás agotada, vieja y llena de cicatrices. Deberían haberte retirado hace tiempo para que yo me encargue de todo. Soy más fuerte, más bonita y puedo servir a esta familia mucho mejor que tú.

La vieja silla no se inmutó. Tardó un poco en responder, con una voz que recordaba al crujir de los árboles antiguos.

—Te entiendo —contestó la vieja silla—. Yo también fui joven y deslumbrante cuando crucé ese umbral. Mi madera brillaba tanto como la tuya y mi asiento era igual de firme. Pero el tiempo no pasa en balde para nadie.

—Precisamente por eso —insistió la nueva, irguiendo su respaldo—, mi utilidad es evidente y la tuya ha caducado.

—Te equivocas en algo fundamental —replicó la vieja silla con calma—. Mi valor no está en mi brillo, sino en mi veteranía. He sostenido al abuelo desde que era un joven lleno de energía; he escuchado sus penas y he sido el apoyo de sus manos cansadas. Mis patas saben exactamente cómo equilibrarse cuando él busca descanso, porque nos hemos hecho uno con el paso de los años. He servido con fidelidad y sigo haciéndolo porque conozco por propia experiencia, el peso de la vida.

La silla nueva guardó silencio un momento, procesando aquellas palabras.

—Tarde o temprano —continuó la vieja silla—, el sol apagará tu barniz y el uso desgastará tu mimbre. Entonces comprenderás que servir no es solo lucir bien, sino resistir el paso del tiempo con dignidad. Hoy eres el orgullo de la casa, pero algún día, tú también serás una silla vieja y usada, y solo esperarás que alguien te valore por todo lo que has sostenido.

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Pasaron los meses y las estaciones. La silla nueva se convirtió en la favorita de las visitas y de la nieta, quien saltaba sobre ella y la arrastraba de un lado a otro de la cocina. El brillo del barniz comenzó a perderse bajo los roces, y un pequeño chirrido, casi imperceptible, empezó a sonar en su pata derecha cada vez que alguien se sentaba con brusquedad.

Una tarde de tormenta, la cocina estaba en penumbra. El abuelo entró caminando lentamente y, por un momento, dudó. Miró su vieja silla junto a la estufa y luego miró la silla nueva, que ahora lucía algunas manchas de café y un rasguño en el respaldo.

—Abuelo, siéntese en la mía —dijo la nieta desde la puerta—. Es más alta y le costará menos levantarse.

El anciano probó a sentarse en la silla nueva. Esta, sintiendo el peso de la responsabilidad, se esforzó por mantenerse firme, pero sus maderas, aún jóvenes y rígidas, no supieron amoldarse a la espalda encorvada del hombre. El abuelo suspiró, se levantó con esfuerzo y regresó a su rincón de siempre.

Cuando se hizo el silencio, la silla nueva, algo maltrecha y fatigada por el ajetreo del día, se dirigió a la vieja silla.

—Tenías razón —susurró la silla nueva—. Hoy he sentido que mis patas flaqueaban. El peso de la vida es más difícil de llevar de lo que pensaba. He perdido mi lustre y ya no me miran con el mismo asombro que el primer día.

La vieja silla, que parecía haber ganado una nueva veta de sabiduría en su madera oscura, le respondió con suavidad:

—No te lamentes por el brillo perdido. Ahora es cuando empiezas a ser útil de verdad.

—¿A qué te refieres? —preguntó la nueva, sintiendo un muelle un poco suelto—. Ahora estoy marcada y mi madera empieza a quejarse.

—Te refieres a las cicatrices —dijo la vieja silla—. Esas marcas son tu historia. Cada rayón es un juego de la niña, cada mancha es una cena compartida. Has dejado de ser un adorno para convertirte en un apoyo. La veteranía no es solo durar, es aprender a encajar los golpes sin quebrarse.

La silla nueva miró cómo el abuelo se quedaba dormido, apoyando su cabeza cansada contra el respaldo de la silla vieja. Comprendió entonces que la verdadera nobleza no residía en la perfección del estreno, sino en la capacidad de seguir sirviendo, año tras año, incluso cuando el cuerpo cruje.

—Algún día —añadió la vieja silla—, alguien se sentará en ti buscando consuelo, y tú sabrás dárselo porque ya conocerás el cansancio. Ese día entenderás que ser vieja no es un castigo, sino la recompensa por haber sido una fiel compañera de alegría y fatigas por igual.

Desde aquel rincón, la silla nueva dejó de envidiar el barniz de los muebles nuevos que llegaban a la casa. Se limitó a asentarse con firmeza en el suelo de la cocina, orgullosa de cada marca, esperando pacientemente el momento en que su madera, ya curtida, fuera tan sabia como la de su compañera.

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Fábula del oso hormiguero

Había una vez un oso hormiguero que se sentó muy tranquilo frente a un gran hormiguero. En lugar de meter su lengua en los agujeros, sacó un trozo de pan y empezó a masticarlo con mucha dificultad.

Al poco rato, pasó por allí un mono. Al verlo, se detuvo y soltó una carcajada.

— ¡Pero qué haces! —exclamó el mono—. Tienes una boca pequeña y larga, no tienes dientes para masticar eso. ¡Te vas a atragantar!

El oso hormiguero no respondió y siguió intentando morder el pan. Entonces llegó una guacamaya, que al ver la escena, empezó a gritar desde una rama:

— ¡Qué error tan grande! Todo el mundo sabe que los de tu especie comen hormigas. ¡Estás haciendo el ridículo con ese pan!

Varios animales más se acercaron. Se burlaban de él y señalaban su hocico alargado, diciendo que no estaba hecho para comer como los demás. El oso hormiguero, sin embargo, seguía a lo suyo. Como su boca no era buena para el pan, mientras intentaba comer, se le caían muchísimos trozos pequeños al suelo.

Pronto, los pies del oso hormiguero estaban rodeados de un montón de migas.

Y sin que nadie más que el propio oso hormiguero lo esperase, el suelo empezó a moverse. Atraídas por el olor, miles de hormigas salieron de su hogar y se amontonaron para recoger las migas. En un momento, el suelo estaba negro de tantos insectos.

El oso hormiguero dejó el pan de lado, estiró su larga lengua y, con mucha facilidad, se dio el festín más grande de su vida. Los otros animales se quedaron mudos de la sorpresa.

Después de quedar bien satisfecho, el oso hormiguero los miró y dijo:

— Las migas son las amigas de las hormigas.

Y, sin decir nada más, se fue por el camino tan campante y tan contento.

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