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January 28, 2026

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Fábula del ave Kiwi y la ornitorrinco

Bajo la sombra de los helechos plateados de Aotearoa, la Kiwi suspiraba mientras acariciaba a sus pequeños. A pesar del amor que desbordaba por su familia, sentía que las plumas le pesaban como una armadura impuesta. "No entiendo por qué me obligáis a mirar al cielo", le dijo un día a un Tui que se burlaba de sus alas minúsculas, "mi corazón late al ritmo de la tierra, y mis pies conocen senderos que vuestros vuelos jamás comprenderán; me siento más hermana del hombre que camina que del pájaro que vuela". El Tui, soltando una carcajada estridente, le respondió: "Eres un error, Kiwi; un ave que no vuela es solo un mamífero defectuoso". Estas palabras calaron hondo en la pequeña, pero un sabio Maorí, que solía sentarse cerca de su madriguera para escuchar los susurros del bosque, puso su mano en el suelo y le susurró: 

—No llores, pequeña hermana de la tierra. Tú y yo compartimos el mismo caminar. Los que solo miran las alas no ven el alma, pero yo traeré a alguien que te enseñará que el mundo es mucho más ancho que sus prejuicios—.

El Maorí contactó con su hermano espiritual de las tierras rojas de Australia, y tras semanas de espera, la sabia Ornitorrinco desembarcó en la orilla del río. El Maorí convocó entonces a todas las aves y obligó a los burlones a observar. Las aves quedaron estupefactas: veían a un ser con un pico magnífico que haría palidecer de envidia a cualquier pata, pero que se movía en el agua con una gracia ancestral.

—¡Mirad bien!— exclamó el Maorí con voz de trueno —. Aquí tenéis a quien habita todos los mundos a la vez—. La Ornitorrinco, secando su pelaje de terciopelo tras poner amorosamente un huevo ante la mirada incrédula de los presentes, se acercó a la Kiwi y le habló con una dulzura profunda: 

—A mí también me señalaron, pequeña. Los mamíferos decían que mi pico era una burla y que debía irme con las aves, mientras las aves me echaban de sus nidos por tener pelo. Pero aprendí que no soy un rompecabezas de partes rotas, sino una obra completa—.

La Ornitorrinco se irguió frente a la asamblea y sentenció: 

—Escuchadme bien, seres del aire: puedo sentirme tan querido y orgulloso como ave que como mamífero, porque mi identidad me pertenece solo a mí. El problema de no aceptar a los ornitorrincos o a los kiwis por ser exactamente lo que son no es nuestro, es vuestro, por tener la mirada nublada. Un ornitorrinco y un kiwi son animales dignos y soberanos que pueden sentirse lo que les dé la gana día tras día, sin tener que pedir permiso a nadie ni rendir cuentas sobre su propia naturaleza. La biología puede decir una cosa, pero la verdad reside en el corazón que habita ese cuerpo; quien intenta encarcelar la identidad ajena en una definición estrecha solo demuestra su propia ignorancia, incluso muestra maldad insinuando que esos seres no son merecedores de amor, pues la dignidad no se pide, se ejerce con la libertad de ser uno mismo.

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Fábula de la araña ibérica y la hindú

En un rincón soleado de la Península Ibérica, vivía una araña de jardín que destacaba por su curiosidad. Un verano, tras un largo viaje que la llevó hasta las tierras de la India, quedó maravillada al observar las redes de las arañas locales: no eran simples trampas, sino estructuras concéntricas de una geometría sagrada que brillaban con un fulgor ambarino. Intentó comunicarse con ellas, pero los sonidos de su idioma eran para ella un enigma. Al regresar a su hogar, la araña no podía olvidar aquella belleza y decidió comprar un libro titulado Secretos del Tejido del Indo, una edición traducida del hindú que prometía revelar todos los misterios.

Se puso manos a la obra, siguiendo cada indicación con una fe ciega. Sin embargo, las instrucciones resultaban confusas: "Anuda el aire con la pata de atrás mientras piensas en un elefante", decía el texto. La araña lo intentaba una y otra vez, pero el resultado era un desastre de hilos enredados y nudos sin sentido. 

—No lo entiendo —se lamentaba frente a su maltrecha obra—, lo estoy haciendo exactamente como dice el libro, palabra por palabra, pero esta seda no tiene fuerza ni brillo. Finalmente, abandonó el manual y volvió a tejer al estilo tradicional que le habían enseñado sus padres, resignada a que aquel arte extranjero pudiera no ser para ella.

Una tarde, mientras descansaba sobre una hoja de parra, vio a una forastera de colores vibrantes instalándose en el arbusto de al lado. Era una araña de la India. Con timidez, la araña ibérica se acercó y, para su asombro, la recién llegada la saludó en su propio idioma.

—Veo que tu red es sólida, compañera, aunque parece que algo te inquieta —dijo la araña hindú con voz suave.

—¡Hablas mi lengua! —exclamó la araña ibérica—. Es que estuve en tu tierra y quise aprender vuestro estilo. Compré este libro traducido para lograrlo, pero no consigo nada más que nudos.

La araña hindú tomó el libro, leyó unos párrafos y soltó una carcajada llena de lástima.

—¡Ay, pobre amiga! Quien tradujo esto no sabía nada de mi idioma; era una timadora que solo buscaba vender papel. Donde el original dice "tensión del rocío", aquí han puesto "pensar en un elefante". Ha confundido conceptos sagrados con palabras vacías. Tienes que entender algo: leer una traducción es como intentar leer un libro por encima del hombro de otro. Estás a merced de lo que el otro vea, de lo que entienda y de lo bien que sepa explicártelo. Si el traductor es torpe o descuidado, tú caminarás a oscuras.

—¿Entonces nunca podré tejer así? —preguntó la araña ibérica con tristeza.

—Te enseñaré yo misma —respondió la araña de la India, dispuesta a ser su maestra—, pero no solo a tejer. Si de verdad amas mi cultura, debes aprender mi lengua. Solo así escucharás la voz real de mis antepasadas.

Así comenzó un proceso lento pero fascinante. Mientras la araña hindú movía sus patas delanteras para mostrar el ángulo exacto del hilo, pronunciaba las palabras originales.

—Esta posición se llama Sutra —explicaba la maestra—. No significa solo "hilo", significa conexión. Siente cómo la palabra vibra en tus patas mientras estiras la seda.

La araña ibérica empezó a asociar los conceptos con los movimientos. Aprendió que ciertas palabras no tenían una traducción directa, sino que evocaban sensaciones. Pasaron las semanas y, entre lección y lección de gramática y tejido, la alumna comenzó a comprender los matices que el libro había omitido.

—Ahora entiendo por qué fallaba —dijo un día la araña ibérica mientras lograba su primer patrón dorado—. El libro decía "apretar", pero tú dices Dhairya, que es una mezcla de paciencia y firmeza. ¡Qué diferencia!

—Exacto —asintió la maestra—. Al aprender mi idioma, ya no necesitas que nadie te interprete el mundo. Ahora puedes leer los tratados originales de nuestras grandes tejedoras y entenderás no solo el "cómo", sino el "porqué".

La araña ibérica continuó practicando con entusiasmo. Ya no se conformaba con los manuales de segunda mano; se esforzó hasta que pudo leer con fluidez los textos del país que tanto amaba. Sus telas se convirtieron en las más hermosas de la región, no solo porque dominaba la técnica, sino porque había derribado el muro que la separaba de la fuente original del conocimiento, prometiéndose que nunca más dejaría que un intermediario decidiera lo que ella era capaz de comprender.

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January 27, 2026

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La fábula del pato sabio

Caminaba un pato de plumaje cano por el peso del tiempo y paso firme por la experiencia, camino de la linde de un bosque, muy lejos ya de aquella juventud en la que, con vana presunción, se jactaba de ser rey de tierra, mar y aire por el simple hecho de caminar, volar y nadar. Los años y el encuentro con una sabia serpiente le habían enseñado que la especialidad ajena siempre supera a la arrogancia propia, y que saber de todo un poco no le hacía maestro de nada.

De pronto, un griterío interrumpió su tranquilo paseo. Al borde de un remanso, tres animales disputaban con ferocidad sobre sus talentos naturales. El gamo, con el pecho hinchado y las patas tensas, presumía de que no existía rastro ni espesura que pudiese detenerlo, pues su carrera era un rayo capaz de esquivar cualquier obstáculo o depredador entre las ramas. El halcón, observando desde una rama alta con ojos penetrantes, replicaba con desdén que tal destreza no era nada comparada con su vuelo, una auténtica obra de arte que le permitía dibujar círculos en las nubes y capturar a sus presas con una precisión inalcanzable para cualquier otra ave. En ese momento, un barbo asomó la cabeza sobre las aguas bravas del estanque para sentenciar que nadie como él poseía la fuerza necesaria para nadar contracorriente, logrando alimento y refugio incluso en los torrentes más difíciles y revueltos donde otros solo hallarían la muerte.

El pato se acercó despacio a los tres contendientes, quienes lo miraron con aire de superioridad, esperando que aquel animal, aparentemente mediocre en todo, les diera la razón. Con voz pausada y la calma que otorga la experiencia, el pato les confesó que él conocía bien todas aquellas artes, pues en su cuerpo habitaba la capacidad de volar, caminar y nadar, aunque reconoció con humildad que no lo hacía ni de lejos tan bien como cualquiera de ellos. Sin embargo, antes de seguir su camino, les invitó a reflexionar sobre la verdadera naturaleza de sus dones.

Les dijo que sus vuelos, sus carreras y sus nados le recordaban a los objetos que los humanos guardan con celo. Vuestras artes, les insinuó, son como el abanico en verano o la bufanda en invierno; el abanico es indispensable mientras dura el calor, pero acaba en el olvido de un cajón en cuanto sopla el primer viento del norte, del mismo modo que la bufanda se destierra al fondo del armario cuando regresan los días de sol. Son virtudes que solo brillan cuando el tiempo les es favorable. En cambio, él, aun sintiéndose torpe en comparación con los otros tres animales, prefería ser como el paraguas, ese objeto sencillo que igual nos cubre de la lluvia pertinaz que nos protege del sol más abrasador en pleno estío.

Al terminar su discurso, el pato se alejó con paso tranquilo, dejando al gamo, al halcón y al barbo sumidos en un profundo silencio, perplejos ante la idea de que la versatilidad útil pudiera valer más que la excelencia puntual. Metros más adelante, el pato se cruzó con la serpiente, que lo observaba desde la maleza. Al verse, el ave le dedicó una sonrisa llena de gratitud y la serpiente le devolvió el gesto con un brillo de aprobación en los ojos, sabedora de que aquel antiguo vanidoso había transformado por fin su antigua soberbia en una lección de vida.

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