Había una vez un jardín resplandeciente donde los pétalos parecían terciopelo y los aromas embriagaban el aire. El jardinero pasaba horas contemplando su obra, acariciando con orgullo las hojas de sus protegidas.
—Sois el tesoro de este mundo —comentaba el jardinero mientras regaba con delicadeza—. Vuestros colores son tan vivos que el mismo sol siente envidia. Nada hay más valioso que vuestra belleza.
La rosa roja se erguía con altanería y el tulipán amarillo se balanceaba con elegancia, aceptando los elogios como si fueran tributos reales. De pronto, un zumbido ronco rompió la armonía. Un escarabajo de caparazón oscuro, rugoso y cubierto de un polvo amarillento aterrizó pesadamente sobre el cáliz de una de las flores.
El jardinero, al verlo, arrugó la nariz con desagrado y soltó una carcajada burlona.
—¡Vaya criatura más horrenda! —exclamó el hombre, señalándolo con el dedo—. Miradlo, tan tosco, tan falto de color y tan torpe. Es un borrón de suciedad en mi jardín perfecto. ¿Acaso no te da vergüenza, bicho feo, posarte sobre tan noble flor?
El escarabajo no respondió; simplemente se ocupó de sus asuntos, moviéndose con determinación entre los estambres. El jardinero siguió riendo, convencido de que aquel insecto no era más que un estorbo sin sentido.
Las flores, sin embargo, se miraron entre sí. La rosa y el tulipán compartieron una vibración silenciosa, una risa interna que el hombre, en su ignorancia, fue incapaz de percibir. Ellas sabían lo que él ignoraba: que bajo aquel caparazón tosco se escondía el motor de su linaje.
Cuando el escarabajo alzó el vuelo para llevar el preciado polen a la siguiente planta, la rosa roja suspiró y, con una voz suave que el viento llevó hasta los oídos del jardinero, pronunció la moraleja de esta historia:
—No te rías de lo que tus ojos desprecian, jardinero, pues a menudo la belleza solo sirve para ser vista, pero es lo que tú llamas feo lo que nos da la vida. Para nosotras, lo verdaderamente bello no es el color del pétalo, sino la función de quien nos ayuda a perdurar; porque lo que adorna el paisaje agrada al ojo, pero lo que cumple una misión asegura el mañana.
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