El sol de Namibia caía como plomo fundido sobre las dunas de color albaricoque. Allí, una serval de orejas largas y pelaje moteado, arrastraba sus patas flacas por la arena ardiente. Sus costillas eran xilófonos bajo la piel; el hambre ya no era un rugido, sino un lamento sordo.
De pronto, un zumbido metálico y vibrante rompió el silencio. Una mosca de reflejos azulados y porte arrogante se posó sobre una piedra volcánica, frotándose las patas con una confianza insultante.
—Vaya, preciosa, pareces el anuncio de una hambruna —dijo la mosca con una voz estridente pero seductora—. ¿Por qué pasar hambre cuando el buffet está servido a la vuelta de esa duna?
La serval levantó la vista, desconfiada.
—Soy una cazadora, no una mendiga. Busco carne fresca, no promesas de insecto.
La mosca soltó una carcajada vibrante.
—¿Carne fresca? Qué concepto tan... anticuado. La exclusividad es solo una forma elegante de morir sola. Sígueme. Te mostraré lo que es el éxito de masas.
La serval, empujada por la debilidad, la siguió hasta un cañón de sombras alargadas. Allí, el olor la golpeó como un mazazo: un antílope en avanzado estado de descomposición, una masa informe que hervía bajo un manto negro y zumbante. Mil millones de moscas, o puede que alguna menos, pero sí que eran muchas, cubrían el cadáver, celebrando un festín frenético.
—¿Eso? —preguntó la serval, retrocediendo con asco—. Eso es podredumbre. Mi instinto me dice que me matará.
—¡Oh, por favor! —exclamó la mosca, volando en círculos triunfales—. Mira a tu alrededor. ¿Ves a alguien quejándose? Somos legión. Somos la tendencia. ¿De verdad crees que tienes más razón tú, una... no sé que eres, pero pareces una gata solitaria y moribunda, que mil millones de nosotras que disfrutamos de este manjar? Mil millones de moscas no pueden estar equivocadas: únete y come.
Nuestra protagonista miró la masa negra. El ruido era hipnótico, una armonía de zumbidos que anulaba su juicio. La mosca líder se posó en su nariz, guiñándole un ocelo compuesto con esa superioridad de quien se sabe dueño de la verdad colectiva.
—No seas una snob, amiga. La mayoría manda. Ríndete al grupo.
Cerrando los ojos y acallando su propio instinto, la serval hincó el diente en la carne verdosa. El sabor era una traición, pero el calor de la multitud la envolvió. Por un momento, se sintió parte de algo grande.
A la mañana siguiente, bajo la sombra de una acacia seca, la serval se retorcía de dolor. Sus entrañas eran un nido de fuego y su cuerpo rechazaba violentamente el "manjar" de la víspera. Mientras veía a lo lejos la nube de moscas partir hacia una nueva víctima, Zora comprendió la verdad entre espasmos.
"Qué estúpida fui —pensó con amargura— al confundir el número con la razón. Que una multitud, una muchedumbre, coincida en un deseo no convierte la basura en banquete, ni la ponzoña en medicina. Seguir el camino de la mayoría sin usar el criterio propio es solo una forma multitudinaria de cometer un despropósito, pues mil millones de moscas no están equivocadas: ellas aman la carroña, pero yo no soy una mosca."
Fábula de la serval y la mosca. El Banquete de la Multitud
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El sol de Namibia caía como plomo fundido sobre las dunas de color
albaricoque. Allí, una serval de orejas largas y pelaje moteado, arrastraba
sus patas ...
2 hours ago









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